Bitácora de obra · Obra #04 · 2017–2018
Un mismo encuentro sembró dos domos al otro lado del continente. En 2017 llegué al ECCO, el encuentro continental de ecoaldeas en el IBC de Alto Paraíso de Goiás, cerca de la Chapada dos Veadeiros — un lugar mágico. De allí salieron dos invitaciones: un templo teosófico a las afueras de Brasilia y el sueño de un Museo del Coco en Aracajú.

En el ECCO conocí a Felipe, director de un proyecto comunitario a las afueras de Brasilia. Estaba en proceso de construir su sueño: un domo de diez metros de diámetro, un templo para su comunidad teosófica. Junto a Thiago, de Domos Cantareira, y algunos ayudantes, levantamos este gran domo de siete metros de alto, que se culminó luego de unos meses.
Felipe ya no está. No sé si la comunidad continúa ni si el templo sigue en pie. Esta entrada es también su memoria: un hombre que quiso darle a su comunidad un lugar sagrado, y que encontró en la geometría la forma de hacerlo.
En ese mismo ECCO conocí a Itália, arquitecta, que me invitó a su ciudad a proponer un taller en el Moulin Rouge, una casa cultural del profesor Paulo Mario Machado Araujo, experto en coco, para cristalizar el sueño de un Museo del Coco.
La estructura de massaranduba fue cubierta con paja para emular la fruta: un domo de cinco metros de diámetro que parecía un coco gigante varado entre las palmas de la playa. En el taller, la estructura se armó con los niños de la casa — la geometría también se aprende jugando.




Dos obras, dos escalas, dos propósitos: un templo para el espíritu y un coco para la memoria de un fruto. Brasil me enseñó que la geometría también viaja — que un mismo encuentro puede sembrar estructuras en dos ciudades distintas, y que colaborar con otros constructores (como Thiago y Domos Cantareira) multiplica lo que las manos pueden levantar.
Hoy Geotopía diseña y construye espacios espirituales, culturales y educativos en cualquier territorio — con la misma disposición a viajar que llevó dos domos a Brasil.
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